Granada, ciudad literaria

Granada tiene razones de sobra para sentirse una ciudad privilegiada. Aquellos que la conocéis seguro que podéis esgrimir motivos personales, lugares con encanto o experiencias propias por las que la premiaríais de una u otra manera. Pues bien, parece que la Unesco piensa algo similar, pues no acabamos de celebrar el trigésimo aniversario de la declaración de la Alhambra como patrimonio de la humanidad (y el vigésimo del Albaicín) cuando nos encontramos con un nuevo reconocimiento: Granada ha sido declarada Ciudad de la Literatura.

Este título (que, de momento, sólo ostenta Granada en nuestro país) forma parte de una iniciativa que pretende establecer una red de ciudades creativas en el mundo. Éstas se clasificarán en las siguientes categorías: la ya mencionada literatura, música, cine, artesanía y arte popular, diseño (que en España ha correspondido a Bilbao), arte digital y gastronomía. Estas ciudades mantendrán una relación especial que les permitirá compartir experiencias, ideas y proyectos en aras de un desarrollo cultural y social que beneficie a todos.

Hasta aquí todo va muy bien, pero no bien ha pasado un día de este nombramiento cuando el periódico Ideal se ha visto obligado a publicar la siguiente noticia en forma de pregunta: ¿Para qué sirve ser ciudad literaria? Es de imaginar que si la redactora ha recibido este encargo, es que la pregunta bullía en la mente de muchos granadinos y granadinas que, después de asentir con orgullo ante la noticia (siempre está bien recibir premios, ¿verdad?), habrán hecho un ejercicio de apabullante realismo. Y es que la crisis, esta pesada compañera de viaje que no termina de abandonarnos, nos ha afectado el bolsillo y la mente de forma progresiva. Veamos, está muy bien esto de ser ciudad literaria, cultural y todo eso, pero ¿la literatura se come? ¿Da perras? ¿Sirve para algo que no sea leer, que muchas veces es como perder el tiempo?

El citado artículo está bien, explica la función de este reconocimiento, pero la idea que se desprende (o, al menos, la que parece ser menos vaga) es que aumentará el turismo. No lo veo mal, aunque me da la sensación de que últimamente se ven pocas expectativas laborales fuera de este sector, muy digno, pero no el único. Por otra parte, aun sabiendo de gente para quien el nombre de Federico García Lorca es un incentivo para visitarnos, me cuesta imaginar que recibamos visitas ingentes de turistas culturales, cargados de libros y deseosos de seguir los pasos de Ángel Ganivet, Pedro Antonio de Alarcón, Luis Rosales o Francisco Ayala, o que vayan a recitar el romance de Abenámar en Alhama, por poner varios ejemplos. Verdad es que sería de necios negar el impacto en la Alpujarra de las obras de Gerald Brennan o Chris Stewart, o que el éxito de ventas de Ildefonso Falcones haya atraído a lectores deseosos de conocer in situ las calles por donde Hernando peregrinó; sin embargo, el visitante medio se detiene poco o nada a conocer el valor literario que late en Granada.

Compréndase que escribo estas afirmaciones con amargura, dado que nuestra labor es precisamente ésta, dar de beber al sediento, o de manera menos metafórica, dar a conocer la cultura que sentimos como elemento fundamental y distintivo de nuestra ciudad. Pero el peso de mi amargura recae menos en los visitantes, que al fin y al cabo se nos acercan de nuevas, y más en nosotros mismos, que, seamos sinceros, nos espantamos, huimos y hasta despreciamos este magnífico legado cultural que yace ante nuestros ojos.

Permitidme repetir la pregunta: ¿Para qué sirve ser ciudad literaria? Mi respuesta es que sirve para nosotros mismos. Sirve para que por boca de otros nos creamos finalmente lo que somos: una ciudad, cuando no un país, que rebosa de cultura. Sirve para que hagamos una comunidad orgullosa de asociarse y de trabajar juntos porque comparte muchos elementos y supera las rivalidades. Sirve para alcanzar nuevas metas, más allá de éxitos deportivos que están muy bien, pero que se volatilizan demasiado rápido. Sirve para que nos sintamos creativos y capaces, valientes para sacar ideas y proyectos adelante. Sirve, en definitiva, para que en plural nos probemos no sólo que somos buenos, sino que podemos ser mejores.

Supongo que los menos aficionados a la lectura se habrán cansado de leer a las pocas líneas. Aquellos que hayáis aguantado hasta el final espero que sepáis perdonarme lo extendido de la disertación. Si sois, como imagino, de los que leéis por pasión, supongo que sabréis hacerlo.

Miguel Farfán Calderón, jefe de estudios (profe, en definitiva) de Castila.

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