El Cofre pt. 2

Aquí tenéis una nueva entrega del electrizante relato de Rafa. ¿Llevábais mucho tiempo esperando? Podéis saciar vuestra necesidad, pero, mucha atención, aún falta una última entrega, que llegará próximamente…

 

Y quitando la televisión y sus estudios, sin salir de casa, sólo le quedaba la lectura y esta era una verdadera pasión, yo creo que es un psicópata de la lectura porque disfruta demasiado con ella y saca tiempo de donde no lo hay para sumergirse en la vida de otros autores y de sus historias, metiéndose en la piel del protagonista o en cualquier otro personaje, buscando datos en los que identificarse y por supuesto aprendiendo frases típicas para soltar luego cuando la ocasión lo requiera, pero que luego nunca recuerdas. Nunca están ahí cuando las necesitas; qué rabia.

             En el interior de su vivienda ya había pocas cosas de las que pudiera disfrutar plenamente y tenía que atravesar un largo pasillo que le recordaba a un hospital para poder conectar con el mundo exterior, donde desgraciadamente de nada sirven historias, libros ni nada por el estilo, eso era la vida, y ahí no había reglas por las que regirse, ni el mejor guionista del mundo se podría inventar una historia tan perfecta, sin sentido y con finales totalmente impredecibles, quienquiera que escribiese esta calumnia tenía todos sus respetos y su más sincera admiración.

             Un día y habiéndolo planeado salió a la calle, digo habiéndolo planeado porque sin duda alguna era una especie de cuadrícula en la que casi todo estaba organizado, no había espacio para un aventurero y para él la idea de un orden le proporcionaba tranquilidad, aunque en el fondo le hubiera gustado tener un espíritu de aventura y no rendir cuentas a nada, hacer las cosas sin pensarlas dos veces y así quizás saborear más las cosas, aunque nadie sabe si las cosas son mejores de esta manera, nunca te puedes fiar ciegamente de lo que te dicen, algún día lo intentaría y si le gustara, tendría que cambiar muchas cosas dentro de él, empezando por quitarse el reloj para perder la noción del tiempo.

             El caso es que salió a la calle con el propósito de dar un paseo para pensar un poco y de camino a ver si veía a alguien conocido que hablara con él, no era nada insociable, ni mucho menos, era un tipo que a todo el mundo le caía bien, tampoco había hecho nada que provocara lo contrario, de este modo salió del portal de su casa y echó a andar sin un rumbo preciso, aunque no era la primera vez que realizaba este recorrido, era algo instintivo, iba mirando escaparates, edificios, personas, coches, carteles que traducía en su cabeza al inglés para no perder la costumbre de utilizar el idioma que era la llave para muchas puertas en su futuro inmediato. Después de respirar un rato y sin ver a nadie con quien pararse, escuchó el sonido de un claxon que lo llamaba solicitando su atención y al mismo tiempo un coche iba frenando paulatinamente hasta pararse a su lado, la carrocería deportiva delató inmediatamente a su dueño, uno de sus amigos, que le trajo a su cabeza la imagen de alguien guapo, con dinero, independiente y con una novia que muchos querrían para sí, pero todo eso él lo llevaba con la máxima modestia, excepto en su atractivo del que era completamente consciente, y muy bien hecho por otro lado. Se bajó una ventanilla y estuvieron hablando un rato, quedando para esa misma noche para dar una vuelta y tomar algo por ahí, y así fue…

             -Tiene que ser sobre ella,- le contaba esa misma noche a su amigo después de un par de copas,  -incluso tu estás en él,- le dijo,- te lo prometo, eres la primera persona que aparece después del protagonista, no te quejarás, pero tengo un problema, quiero que esta historia sea sobre ella y no sé cómo hacerlo para que esto salga medianamente bien, porque podría contar mil y una cosas aunque no sé por donde empezar, ya sabes que las tías siempre han sido mis mejores amigos y eso tengo que plasmarlo de alguna manera, me han dado mucho y yo les debo mucho, eso tengo que ponerlo porque si no esto va a quedar muy soso, y ella debería estar ahí para endulzar un poco todo esto, aunque también sabes, como mi amigo que eres, que por ser tan amigo de ellas algunas veces pues las he pasado canutas, aunque estaría dispuesto a repetirlo si tuviera otra oportunidad.-

             Este amigo después de oír toda la charla acerca de su relato le dio su opinión; -joder tío, yo no sé cómo puedes ponerte a escribir, yo no tengo tiempo de nada, sólo para descansar, cuando vengo de trabajar me pegaría un tiro antes de ponerme a escribir, pero conociéndote a ti que incluso escribes un diario, te comprendo, pero no te comas tanto el tarro que no es para tanto, haz algo rápido que sea bonico, con muchas metáforas y sentidos figurados, eso le gusta mucho a la gente, aunque el premio ese ya estará dado de antemano y por muy bien que lo hagas no te llevarás nada de nada, que hay mucho enchufe por el mundo y nadie te regala nada.-

             Sí, era verdad que escribía un diario, y además a rajatabla, o sea que no había día que no escribiera su página correspondiente, ya que no era un diario diario, sino una especie de dietario con los días del año y una página para cada año, lo que ayudaba para ir escribiendo todos los días y proporcionaba sumo placer al riguroso concepto de orden que tenía; era perfecto. A su diario, eso sí, le contaba todas las tonterías que una quinceañera podía contar a su mejor amiga, sentada en su cama y con un teléfono inalámbrico en sus manos a las tres y media de la tarde; un móvil no sería ético. Y de este modo conservaba la ilusión por escribir un diario, ir tachando uno a uno todos los días del año, poner marcas especiales para las onomásticas y los cumpleaños, e incluso le servía de fichero para todas las películas y libros que devoraba a lo largo de los doce meses, siendo un verdadero registro al que acudir dos, tres años más tarde o cuando fuera necesario haciéndolo siempre reír por las cosas que se pueden llegar a escribir sólo un par de años atrás; es increíble. La otra ilusión era la de hacer un buen relato pero esto no estaba en sus manos, desgraciadamente no lo estaba.

             Esa noche al volver a casa encendió de nuevo su ordenador y se puso a escribir un poco más, necesitaba una dosis de ondas hertzianas, antes había abierto la puerta sigilosamente para no despertar a nadie, había orinado, saciado su sed y ya en su cuarto había encendido su computador a la vez que ponía música muy bajita y se sentaba completamente vestido, es decir, sin necesidad de ponerse un pijama o algo más cómodo que facilitara su relajación. Decidió sintonizar una emisora que lo entretuviera algo más que la música y encontró un programa dedicado a contar los problemas de la gente, este programa en televisión hubiera sido aberrante pero en la radio era distinto, no sabía por qué, pero se sentía a gusto, era todo más mesurado, mejor moderado y muchísimo más controlado aunque el contenido de las llamadas pudiera rozar lo absurdo. Este programa increíblemente hay veces que puede servir como un auténtico relajante de problemas, porque sin duda alguna los problemas de este muchacho comparados con los que estaba oyendo eran tales que hasta daba vergüenza pensar en ellos con esta sintonía de fondo; se sentía mejor sin duda alguna. Después de unos cuarenta y cinco minutos de ordenar ideas decidió que la cama sería el mejor sitio para seguir haciéndolo, aunque fuera mentalmente, para que al día siguiente tuviese ideas frescas que poder colocar en su texto, y así lo hizo.

             Al día siguiente le costó un poco más levantarse, ya que era fiesta en todo el país y la idea de estar levantado mientras que veinte o treinta millones de personas, quien sabe, estaban acostadas no le hacía mucha gracia y como ya digo, tardó más o menos una hora en decidirse a poner los pies en el suelo, ya que despierto sí que estaba desde hace tiempo. Después de asearse se sentó en el salón de su casa y mientras hablaba con su familia, se iba organizando el día mentalmente, rellenando esa famosa cuadrícula que nunca rompía, y cuando lo hacía, todo su cuerpo se veía sometido a un cambio total, nerviosismo, estrés y muchas mas cosas que él no notaba. Tras este proceso, se fue a la cocina y cogió un cartón de leche para beber unos tragos, porque eran eso, unos tragos, ni más de un vaso como decía él, ni dos sorbos como decía su madre preparándole a la vez algo de comer con o sin el consentimiento de su hijo.

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